Somos los que se van.

Poseía conductas sin un sentido en referencia a las personas allegadas, más aún, su contacto repudiaba una parte de mí. Estuve 7 años con tristeza en mis días y los momentos no eran vistos por mí. Se esfumaban al estar cavilando el por qué y para qué me sucedía eso. No registraba mis respiraciones ni latidos y no lo podía concebir. Lo Hermoso estaba tras un velo que de vez en mes se asomaba tras el abismo pronunciado por no estar de acuerdo a cómo pienso.

Luego de aguantar me cansé y realicé lo que tanto miedo tuve. Fracasar. Los proyectos que con esfuerzo construí de la mañana a la noche se esfumaron; y no me comprendían. No lo pude explicar. Siquiera yo tenía respuestas y sin embargo estaba ahí, silencioso y sin dudas sonriente. Algo que anhelé muchísimo: tranquilidad en la existencia.

Similar a un ejercicio matemático donde insistís, insistís e insistís… y así y todo no sale. Al regresar luego de haber realizado otra actividad surge la solución dando con el resultado del mismo sin complejidad. Así di con la respuesta a Quién soy.

Por curiosidad empecé a hurgar en mis abuelos y abuelas cuyos roles para conmigo eran distantes. Somos parientes por sangre ya que el afecto está guardado como el dinero, en caja fuerte. Al percibir esto me miré en el espejo y resulté ser igual. Sin notar puse mi corazón tras un muro cuyo grosor alcanza 42 petalos de margaritas y tenía en mis hombros el dolor de mi abuela materna. Dolor que jamás pudo darle cause convirtiendose en alguíen sumiso por no tener la oportunidad, la elección.

Hoy es la única que vive de mis abuelos y cada vez que la miro contemplo su semblante trascendiendo su coraza y asociando conductas que he percatado al indagar años enterrados. Dar sentido a lo que nos acongoja es la manera de soslayar la situación. Y ¿sabés? pareciera me está vedado ver. Lo absurdo en la paciencia hacia los límites que poseo – me poseen – denota el comienzo de una nueva conducta y otras tantísimas veces quedo re-negando mi actuar registrando ser justamente la estructura que me lo impide.

Contemplo las raíces del árbol, el tronco terminando en las finas hojas largas.

Caigo en la cuenta que mucho de mis parientes soy yo. A veces tengo afinidad, otras soy opuesto. Lo que no pudieron resolver también lo tengo como si el legado pasase bajo la alfombra.

Quita yunques señalar esto, y el reflejo de mi cara es otro ya en el espejo.

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La oportunidad de hacer algo diferente.-

https://soundcloud.com/…/audio-de-virginia-gawel-por-que-no…

Desde que digo Está bien en los diálogos donde imponer y sostener el punto de vista – tal vez mi punto de vista – el proceso de Individuación y la Unidad confrontan poniendo tras las rejas las hortalizas que sembré en la primavera del verano pasado.
Introduzco el cuchillo en la tierra y discernir las raíces permite integrar la amargura junto a los momentos felices.
Ensuciarse las manos, arrodillarse y sentir el sudor en la frente, así la vida deja y quita marcas que las cicatrices me recuerdan el aprendizaje escondido.

Aún sabiendo que poseo la información que necesito para trascender el umbral tantísimas veces me encuentro nutriendo los parásitos en mi intestino.

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Tulpa.

A veces te miro y no te reconozco.
Entro despacio, medio cabizbajo cruzando la puerta sin murmullo, casi como si no quisiera. Plagado de silencios te miro. Cruzando los brazos me apoyo en el borde de tu lobreguez para ver si te das cuenta que todo esto es gratis.
Por momentos y tarde me lanzas un atisbo sórdido, como queriendo comerme crudo. Pero yo, sin embargo, no tengo tus respuestas.
Qué ganas de abrazarte, de encontrarte ahí en tu oscuridad disipada, de agradecerte que estés y que ya llegaste, de consolarte en tu media luna dando vueltas de júbilo, poniendo los zapatos sobre la mesa para prepararnos para el camino largo que nos espera.
Muero de ganas y de sed.
De ser.
Pero no estas y yo, que soy vos, me alejo.

Daniel Ricardo

Avasalla con su entrada, pasos que hace un buraco lineal hasta mí. Radiante vibración que zumba, oscila en frecuencia símil olvidada y por semejanza contagia la peste. Cierra la persiana, la percepción apaga la luz por milésimas poniendo en stand by el arquetipo rociado con aflojatodo, para aflojar tuercas vió. ¿Y si no da pié con bola?. Centenares de años furgan el bombo del bobo tocando el alambre en el cuello pendulante del techo. Techo que existe para quienes lo buscan.-

Sentado pensante posa los artilugios sobre el pasto y acomoda sus pensamientos. Niega estar de acuerdo con sus ideas cuando se acerca un prejuicio. 27 grados celcius con el equipito de colón, una mochila y el deseo de tererés.

– ¿Me das un mate?

– No tengo agua – extiende su mano en conjunción con un paso hacia el termo. Lo alza como sabiendo y señala: hay agua; además de sacudirlo mostrándomelo con ojos helantes.

– Está fría.

– Aprieta el tapón del termo y vuelca sólo un choritin. Vapor en día caluroso, imaginá.

– Vení, dame que te doy uno. Lo siento, suelo comportarme como pelotudo en ocasiones. Vení, sentate y tomemos mate.

– Está bien, no te disculpes, cero drama Guacho.

– ¿Sabés que es aquello? Toda esa gente reunida, haciendo bulla.

– Mi amigo fue a bailar, a Él le encanta la murga. Siempre bailó.

– Andá. ¿A vos te gusta también?

– Na, a mi me gusta mirar a las chicas.

– ¿Qué miras en ellas?

– ¿Vos tenés novia? – salta de su sorpresa la pregunta.

– Se.

– Tu boca miente.

– Es cierto, mi boca miente. Aguantá, no te desvíes. Contame, ¿qué sentís al mirarlas?

Extrae de su cintura una bolsa aplastada y la amasa para mantenerla viva. Sopla y aspira. Bolsea.

– ¿Me contás qué es eso?

– Es mona.

– Perdón, no entiendo.

– Pegamento.

– Ah, y ¿qué te genera?

– No me hace pensar, me distrae. ¿Querés?

– En mi caso es lo contrario, ando distraído y quiero serenidad. Por eso estoy acá. ¿Y vos en qué andas?

– No tengo novia (sus ojos viran al cielo en busca de algún ovni que lo salve). Ella ya no está conmigo.

– ¿Qué querés decir con eso?

– Mirá, no te voy a mentir.

– Bárbaro, das el ejemplo al no hacer lo que yo en un principio, lo del mate viste.

– Se fue con otro. Vuelve a bolsear por debajo de la gorra que traía, para que no le rompan las pelotas.

– ¿Querés unas masitas?

– No, no tengo hambre. (Llega su cumpa, sediento, ¡venía de bailar!)

– Che, tengo agua, ¿querés?

– ¡Joya! Sí.

(…)

– ¿Hace cuánto fue esto que me contás?

– Ya no recuerdo.

– Él se machaca con algo que paso hace banda – dice su cumpa y vomita líquido amarillo ámbar, espumoso y bilioso, no había consumido sólidos en el día.

– ¿Estás entero ahora, eh? Tirate agua en la nuca.

– Sí, reviví, continuaría bailando – y se fué a romper cadenas.

Permanecimos en silencio, observando, no pensantes. Yo mateaba, él bolseaba.

– No me gusta que hagas eso.

– Te pusiste la gorra, ¿eh? Dejame tranquilo.

– Alguna vez, te preguntaste ¿hasta cuándo?

– Hasta cuando, ¿qué?

– Continuar arando… cargando en los hombros esa historia.

– ¿Vos tenes techo?

– (silencio) Sí.

– Yo vivo en la calle, viste. (…) Vos tenés familia… ¿decime si mi boca miente?

– Sí, esta esa gente alrededor.

– A mí me dejaron solo.

Llega su cumpa de nuevo y lo invita a ir a comprar vino, además de dejarme tranquilo ya que, según ellos, vine para que alguien no me moleste, por tranquilidad. Estaba en lo cierto.

Bolsea de nuevo y esta vez el tono de mi voz cambia generando ofuscación e intolerancia.

– Uh, ya me cansó – señaló.

Levantaron sus cosas, acomodó la mona en su cintura, cargaron las bolsa de su cumpa con pegamento y partieron.

Dos apretones de manos marcaron mi pensamiento, y con ello el caminar.

¿Qué historia tu día?

El bolso rebalsa

costura indecisa.

El sanguche

derrite

antes de llegar

las “flechitas” del fresno.

Cada dedo

esos que levanta al caminar

develan el amaranto

deshojado y plumoso

de color rojo pimpollo

– No es de acá – dijeron

Alberto es pueblerino y

extranjero

en duelo

con ese despojo.

Dos líneas

rieles

llevan candombe

por un portal mágico

al mar.

Abismo

como rejas

la ola las corroen

parecido a la mesita de la costa, una inecuación lanzada como granada – un Gurí agachado tapándose las orejas y grita: ¡boooooom! – ve una carcajada cerca y riendo con la baldosa tropieza, al tocar tierra como volcán agua se eleva, “¡lavandina! ¡Porco Vaca!.”

No escucha lo que dice.

Penetra aquellas pupilas

e inclina la cabeza

dilata ambos iris, detalle,

eleva su hombro derecho

0,8 centímetros

y hacia él.

Como tsunami

por los ojos cayeron

una ventisca de lágrimas,

sentencia como abrochadora

para encuardernar

clavas en el aire.

La química cambia

y vacila antes de,

fijate, en la emoción

la acción emprendida

toca suelo antes de

volar.

Una calandria

revolotea los harapos.

El cuerpo utópico, por Michel Foucault

Red Filosófica del Uruguay

El cuerpo utópico

En esta conferencia de Foucault –que acaba de publicarse en castellano–, el cuerpo es primero “lo contrario de una utopía”, lugar “absoluto”, “despiadado”, al que se confronta la utopía del alma. Pero finalmente el cuerpo, “visible e invisible”, “penetrable y opaco”, resulta ser “el actor principal de toda utopía” y sólo calla ante el espejo, ante el cadáver o ante el amor.

Por Michel Foucault *

religion

Apenas abro los ojos, ya no puedo escapar a ese lugar que Proust, dulcemente, ansiosamente, viene a ocupar una vez más en cada despertar (1). No es que me clave en el lugar –porque después de todo puedo no sólo moverme y removerme, sino que puedo moverlo a él, removerlo, cambiarlo de lugar–, sino que hay un problema: no puedo desplazarme sin él; no puedo dejarlo allí donde está para irme yo a otra parte. Puedo ir hasta el fin del…

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Si bien es intenso, esto de no protegerte de la realidad dejando sueños existir… la finitud y su conciencia marcan las doce modas, como museo o años cocinan el fondue de frutillas maduras.

Los momentos más largos se atraviesan hinchándose matinalmente como edema post aguijón de abeja y por sobre todo, encontrándose despertar, ese sacudón previo a activar los motores de viento, la dieta de pensamientos y la fuga de vagos instantes del último sueño elevan el cuerpo del aposento torcido, para desestructuralizar y no esté cuadráticamente o igualar a cero la ecuación, fórmula del todo manchada con exudado cargado de células y ácido úrico por sobre nuestras sienes, además de la desmedida concentración de vitamina E; papel y aceite trasnotan la pentatónica del otro lado de la calle, sonata de un suspiro en París, anhelo paupérrimo de joven que dolor genera tener sentidos malacostumbrados en furtivos cheques sin reembolso montados en colosales arquetipos dogmáticos pero tumbados en el fresco pasto primaveral clavan el registro en las palanganas de viento y polvareda; pierde noción corporal y colador mental el “gusano blanco” al comer las raíces de yuyitos, cereales sembrados y como creencias digeridas en determinaciones hechas por algún arcaico protón jamás escudriñado castea la función lineal con base en el logaritmo natural del ser vivo.