Tulpa.

A veces te miro y no te reconozco.
Entro despacio, medio cabizbajo cruzando la puerta sin murmullo, casi como si no quisiera. Plagado de silencios te miro. Cruzando los brazos me apoyo en el borde de tu lobreguez para ver si te das cuenta que todo esto es gratis.
Por momentos y tarde me lanzas un atisbo sórdido, como queriendo comerme crudo. Pero yo, sin embargo, no tengo tus respuestas.
Qué ganas de abrazarte, de encontrarte ahí en tu oscuridad disipada, de agradecerte que estés y que ya llegaste, de consolarte en tu media luna dando vueltas de júbilo, poniendo los zapatos sobre la mesa para prepararnos para el camino largo que nos espera.
Muero de ganas y de sed.
De ser.
Pero no estas y yo, que soy vos, me alejo.

Daniel Ricardo

Avasalla con su entrada, pasos que hace un buraco lineal hasta mí. Radiante vibración que zumba, oscila en frecuencia símil olvidada y por semejanza contagia la peste. Cierra la persiana, la percepción apaga la luz por milésimas poniendo en stand by el arquetipo rociado con aflojatodo, para aflojar tuercas vió. ¿Y si no da pié con bola?. Centenares de años furgan el bombo del bobo tocando el alambre en el cuello pendulante del techo. Techo que existe para quienes lo buscan.-

Sentado pensante posa los artilugios sobre el pasto y acomoda sus pensamientos. Niega estar de acuerdo con sus ideas cuando se acerca un prejuicio. 27 grados celcius con el equipito de colón, una mochila y el deseo de tererés.

– ¿Me das un mate?

– No tengo agua – extiende su mano en conjunción con un paso hacia el termo. Lo alza como sabiendo y señala: hay agua; además de sacudirlo mostrándomelo con ojos helantes.

– Está fría.

– Aprieta el tapón del termo y vuelca sólo un choritin. Vapor en día caluroso, imaginá.

– Vení, dame que te doy uno. Lo siento, suelo comportarme como pelotudo en ocasiones. Vení, sentate y tomemos mate.

– Está bien, no te disculpes, cero drama Guacho.

– ¿Sabés que es aquello? Toda esa gente reunida, haciendo bulla.

– Mi amigo fue a bailar, a Él le encanta la murga. Siempre bailó.

– Andá. ¿A vos te gusta también?

– Na, a mi me gusta mirar a las chicas.

– ¿Qué miras en ellas?

– ¿Vos tenés novia? – salta de su sorpresa la pregunta.

– Se.

– Tu boca miente.

– Es cierto, mi boca miente. Aguantá, no te desvíes. Contame, ¿qué sentís al mirarlas?

Extrae de su cintura una bolsa aplastada y la amasa para mantenerla viva. Sopla y aspira. Bolsea.

– ¿Me contás qué es eso?

– Es mona.

– Perdón, no entiendo.

– Pegamento.

– Ah, y ¿qué te genera?

– No me hace pensar, me distrae. ¿Querés?

– En mi caso es lo contrario, ando distraído y quiero serenidad. Por eso estoy acá. ¿Y vos en qué andas?

– No tengo novia (sus ojos viran al cielo en busca de algún ovni que lo salve). Ella ya no está conmigo.

– ¿Qué querés decir con eso?

– Mirá, no te voy a mentir.

– Bárbaro, das el ejemplo al no hacer lo que yo en un principio, lo del mate viste.

– Se fue con otro. Vuelve a bolsear por debajo de la gorra que traía, para que no le rompan las pelotas.

– ¿Querés unas masitas?

– No, no tengo hambre. (Llega su cumpa, sediento, ¡venía de bailar!)

– Che, tengo agua, ¿querés?

– ¡Joya! Sí.

(…)

– ¿Hace cuánto fue esto que me contás?

– Ya no recuerdo.

– Él se machaca con algo que paso hace banda – dice su cumpa y vomita líquido amarillo ámbar, espumoso y bilioso, no había consumido sólidos en el día.

– ¿Estás entero ahora, eh? Tirate agua en la nuca.

– Sí, reviví, continuaría bailando – y se fué a romper cadenas.

Permanecimos en silencio, observando, no pensantes. Yo mateaba, él bolseaba.

– No me gusta que hagas eso.

– Te pusiste la gorra, ¿eh? Dejame tranquilo.

– Alguna vez, te preguntaste ¿hasta cuándo?

– Hasta cuando, ¿qué?

– Continuar arando… cargando en los hombros esa historia.

– ¿Vos tenes techo?

– (silencio) Sí.

– Yo vivo en la calle, viste. (…) Vos tenés familia… ¿decime si mi boca miente?

– Sí, esta esa gente alrededor.

– A mí me dejaron solo.

Llega su cumpa de nuevo y lo invita a ir a comprar vino, además de dejarme tranquilo ya que, según ellos, vine para que alguien no me moleste, por tranquilidad. Estaba en lo cierto.

Bolsea de nuevo y esta vez el tono de mi voz cambia generando ofuscación e intolerancia.

– Uh, ya me cansó – señaló.

Levantaron sus cosas, acomodó la mona en su cintura, cargaron las bolsa de su cumpa con pegamento y partieron.

Dos apretones de manos marcaron mi pensamiento, y con ello el caminar.

¿Qué historia tu día?

El bolso rebalsa

costura indecisa.

El sanguche

derrite

antes de llegar

las “flechitas” del fresno.

Cada dedo

esos que levanta al caminar

develan el amaranto

deshojado y plumoso

de color rojo pimpollo

– No es de acá – dijeron

Alberto es pueblerino y

extranjero

en duelo

con ese despojo.

Dos líneas

rieles

llevan candombe

por un portal mágico

al mar.

Abismo

como rejas

la ola las corroen

parecido a la mesita de la costa, una inecuación lanzada como granada – un Gurí agachado tapándose las orejas y grita: ¡boooooom! – ve una carcajada cerca y riendo con la baldosa tropieza, al tocar tierra como volcán agua se eleva, “¡lavandina! ¡Porco Vaca!.”

No escucha lo que dice.

Penetra aquellas pupilas

e inclina la cabeza

dilata ambos iris, detalle,

eleva su hombro derecho

0,8 centímetros

y hacia él.

Como tsunami

por los ojos cayeron

una ventisca de lágrimas,

sentencia como abrochadora

para encuardernar

clavas en el aire.

La química cambia

y vacila antes de,

fijate, en la emoción

la acción emprendida

toca suelo antes de

volar.

Una calandria

revolotea los harapos.

El cuerpo utópico, por Michel Foucault

Red Filosófica del Uruguay

El cuerpo utópico

En esta conferencia de Foucault –que acaba de publicarse en castellano–, el cuerpo es primero “lo contrario de una utopía”, lugar “absoluto”, “despiadado”, al que se confronta la utopía del alma. Pero finalmente el cuerpo, “visible e invisible”, “penetrable y opaco”, resulta ser “el actor principal de toda utopía” y sólo calla ante el espejo, ante el cadáver o ante el amor.

Por Michel Foucault *

religion

Apenas abro los ojos, ya no puedo escapar a ese lugar que Proust, dulcemente, ansiosamente, viene a ocupar una vez más en cada despertar (1). No es que me clave en el lugar –porque después de todo puedo no sólo moverme y removerme, sino que puedo moverlo a él, removerlo, cambiarlo de lugar–, sino que hay un problema: no puedo desplazarme sin él; no puedo dejarlo allí donde está para irme yo a otra parte. Puedo ir hasta el fin del…

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Si bien es intenso, esto de no protegerte de la realidad dejando sueños existir… la finitud y su conciencia marcan las doce modas, como museo o años cocinan el fondue de frutillas maduras.

Los momentos más largos se atraviesan hinchándose matinalmente como edema post aguijón de abeja y por sobre todo, encontrándose despertar, ese sacudón previo a activar los motores de viento, la dieta de pensamientos y la fuga de vagos instantes del último sueño elevan el cuerpo del aposento torcido, para desestructuralizar y no esté cuadráticamente o igualar a cero la ecuación, fórmula del todo manchada con exudado cargado de células y ácido úrico por sobre nuestras sienes, además de la desmedida concentración de vitamina E; papel y aceite trasnotan la pentatónica del otro lado de la calle, sonata de un suspiro en París, anhelo paupérrimo de joven que dolor genera tener sentidos malacostumbrados en furtivos cheques sin reembolso montados en colosales arquetipos dogmáticos pero tumbados en el fresco pasto primaveral clavan el registro en las palanganas de viento y polvareda; pierde noción corporal y colador mental el “gusano blanco” al comer las raíces de yuyitos, cereales sembrados y como creencias digeridas en determinaciones hechas por algún arcaico protón jamás escudriñado castea la función lineal con base en el logaritmo natural del ser vivo.

Y descubrí…

Pateando el ripio de la calle Estrada le intersecta la tangente que, como cometa halley, se percibe, recuerda cuando la memoria ayuda. El ritmo de las frenadas colectiveras y el gorrión  revolcándose en la seca tierra la arrastran hasta el antro de una vieja casa, caserón, rebalsada de espíritus y altas malezas. El curioso de la cuadra pispea la foto que sus ojos ven y entusiasmado siente… por lo tanto se arrima.

¿Se quemó el matambre, viste? ¡qué garrón! Igual se dejó comer, símil a vacas que por rumiar terminan en el matadero; contando las hierbas que recorrieron, esto que acumularon y cada peste que sobrepasaron. “Fornido virus-T de laboratorio” tocó el timbre de la estación y miraron a través de sus pupilas; perplejas y erizadas luciérnagas viran en el caldo de nitrógeno punzando el corazón de quienes estaban cruzando la calle.

Ellos lo vieron pero no se sabe del misterio de la siembra que, como el último adiós, registró el espejo.

Velos.-

Sonreía al recordar, cosa rara pero linda, que al asalto de estar despeinado le acomode

dos pelos para un lado y uno para el otro.

[En la impronta de su brazo enlazado a mi cintura…]

El trasmundo del mundo, suscitado por quien no encaja, tantos como cuantos. “En busca de una caricia: en el momento de apretar el lápiz soy un niño pidiendo luz.” Encontrar a pares, quienes quieran vivir, encontrar ese sin-sentido y hacer algo con ello, “una trampa para ratas” y notar en el (tras)fondo lo cristalino de la sustancia. Roza mi pansa, “abismo virtual”, recorre los límites y da claridad. Caen fichas dejando densa niebla que decanta al sentir, por escuchar la luz tenue, ver el grillo y sentir sus labios en los míos. Me regocijo, nace, emana como una de las pocas cosas que no buscamos, lo merecemos porque estamos vivos, aún más, tocamos la nota jamás tocada y el mundo se vuelve más bello. Percepción: sí y no. Empujar muros como tablas de dominó sabiendo los “deberías”…

Tiritar de calor,

desnudarnos con el escalofrío.